Esperanza. La autobiografía. Francisco. Plaza y Janés, Barcelona, 2025
Este es un libro para leer despacio, o al menos a velocidades variadas.
Ya sé que he dicho con frecuencia eso de leer con calma, pero hay libros que la piden. O tal vez sea que, a medida que cumplo años, la lectora voraz y de velocidad casi olímpica, ha aprendido a vivir con otro ritmo..., tal vez.
La biografía es un género literario muy antiguo y que no ha dejado de tener, en distintas épocas y lugares, numerosos adictos.
Las vidas y los hechos de los que importan han llenado siglos de transmisión oral y escrita.
Y dando un paso más llegamos a la autobiografía, la vida y los hechos de una persona ofrecidos por ella misma.
Ya tenemos encuadrado este libro. Pero yo ahora os ofreceré mi experiencia muy personal, como lectora. Porque encuentro que esta autobiografía tiene unas características a tener en cuenta. Es mi opinión, claro, pero os cuento cómo la he visto.
Los 25 capítulos de este libro tienen, casi todos, este esquema: tras unas páginas de recuerdos que, capítulo a capítulo, van avanzando cronológicamente, siguen páginas de reflexión, convicciones compartidas y empuje doctrinal, que parten de lo recordado, y lo sitúan. Es el legado que la memoria del autor sintetiza y nos ofrece.
Por ejemplo: en el capítulo 16 que titula “Como un niño en brazos de su madre”, tras recordar las emociones y preparación de su ordenación sacerdotal, los compañeros, la familia..., salta unos años hasta poco después de ser elegido obispo vicario de Flores. Allí atendió a una señora mayor, muy humilde, que quería confesarse; del diálogo que siguió, de su convicción sobre el perdón de Dios, vio en ella “la sabiduría interior que se abre a la misericordia de Dios”.
Y a continuación dedica doce densas y convencidas páginas a hablar del PUEBLO. Del pueblo que construye la historia, del alma del pueblo, de la Iglesia pueblo de Dios, del pueblo latinoamericano, de la piedad popular, de la oración del pueblo, de Cristo y María en el corazón del pueblo... Habla de la Iglesia abierta, compuesta de pobres, mujeres además de hombres, laicos y no solo clérigos..., una Iglesia en salida, todos juntos...
Otro ejemplo que me ha resultado muy simpático: en el capítulo 23, que se titula “A imagen de un Dios
que sonríe”, comienza llamando a la esperanza “una niña graciosa” y va narrando los momentos alegres y festivos de su niñez.
Habla de los momentos risueños de la Biblia, de su encuentro con artistas cómicos, de la validez de la broma y el chiste. Cuenta unos cuantos chistes y anécdotas, uno de ellos que le contaron sobre él mismo. El papa conduciendo una limusina en Nueva York... pasándose de velocidad y siendo alertado por un agente... Cuenta la anécdota con diálogos que te llevan a un final en el que no pude dejar de reírme con ganas. No la cuento, leedlo. Y sigue hablando de la alegría, el buen humor..., pero también alerta contra el peligro que suponen los serios, formales, solemnes, severos y complicados cristianos y su mala influencia y dice “el malhumor nunca es señal de santidad, sino todo lo contrario”.
Y me quedo con la unión entre alegría y esperanza, quizá porque me recuerda un verso del poeta francés Charles Peguy en su “Pórtico a la segunda virtud”.
Y dijo Dios, la esperanza es lo que más me agrada. Y no me vuelvo atrás.
Con ello os dejo.
María Jesús Ramos Narro