Ennio Morricone

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María Jesús Ramos 01-12-2025

Hoy no sé si conseguiré ser más breve, siempre me lo propongo, pero... Tengo bastantes temas en lista para compartir, pero hoy quiero hacer una reflexión que no deja de rondarme la cabeza desde el día en el que un comentario me la motivó. 

Alguna vez os he comentado que suelo escuchar preferentemente la radio. Sobre todo Rádio Clásica, por la música y por las presentaciones, comentarios y espacios culturales diversos. 

Un día se hablaba de un compositor de bandas sonoras para película: Ennio Morricone. Un italiano universal que murió hace pocos años a los 92 años y hasta el final estuvo bastante activo. 

Un gran músico ámpliamente reconocido por las más de quinientas bandas sonoras que compuso. El ponente, entre pieza y pieza musical, recordó una anécdota de los últimos años de Morricone, con ocasión de un homenaje que el mundo de la música le hizo. Contaba que cuando Ennio vió en primera fila a grandes compositores aplaudiéndole en pie, se turbó. Dijo entonces que él no era más que un compositor de bandas sonoras y que no había para tanto. A esto uno de los asistentes le replicó que cómo se le ocurría decir eso, después de haber compuesto las músicas de películas como La Misión, Cinema Paradiso, Por un puñado de dólares, Novecento..., y otras muchas que siguen en el recuerdo. Aquí el ponente dijo que realmente Morricone era un hombre humilde. De repente se paró y, ante mi sorpresa, rectificó sus palabras diciendo que en realidad es que era tímido. Me sentí profundamente indignada. ¿Qué tenía en la cabeza y en la sensibilidad o... en lo que fuera, ese hombre para negarle al gran músico una valoración tan profundamente humana, tan explícita, tan gráfica, tan eminente como la que refleja esta palabra, como la que define esta virtud (la tan valorada virtus de la Roma antigua), y atreverse a hacerlo en estos tiempos en los que el “famoseo” arrogante y gratuito parece campar libremente? Cada vez que lo recuerdo se me renueva la indignación ante semejante muestra de estupidez. Con razón decía un filósofo de la antigüedad: “Ante la estupidez humana los propios dioses son impotentes”.

Gracias por escucharme,

M. Jesús Ramos

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