Joan Margarit

dl., 01/03/2021
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Ha muerto un poeta. Joan Margarit. Recuerdo un poema-canción (creo que de Atahualpa Yupanki) que dice: “Cuando muere el cantor, calla la vida”. Pero también tengo presente una frase (desconozco su origen) que ha llegado al dicho popular: “El cantor se va, la canción permanece”.

Este es mi homenaje al poeta y arquitecto, fallecido el pasado día 16 de febrero a los 82 años.

En este últimos años he prestado o regalado muchos libros de poesía y no tenia a mano nada del poeta. Pero he buceado en internet...Muchos medios se han hecho eco de él y de su obra y encuentro poemas antiguos y alguno nuevo. Varias publicaciones, entre ellas La Vanguardia, han colgado un poema inédito que formará parte del volumen  “Animal de bosc”. Es fácil de encontrar, pero os lo copio.

La Casa

Ens protegeix i guarda el que hem sigut.
Allò que mai no trobarà ningú:
sostres on hem deixat mirades de dolor,
veus que han quedat, callades, en els murs.
La casa organitza el seu futur oblit.
De sobte, un corrent d'aire i una porta
que es tanca amb un cop sec com un avís.
Cadascú és casa seva, la que s'ha construït.
I que, al final, es buida.

He recordado, también, una entrevista radiofónica de hace un año. En 2019 se le concedió al poeta el Premio Cervantes. En la entrevista afirma Joan Margarit, su amor por la lengua, las lenguas en las que escribe. No se traduce, versiona el poema en cada lengua, porque cada una tiene su ritmo. Y afirma su convicción de que el poema crece y no siempre el poeta sabe el final. Porque un poeta no posee la lengua, ni la manipula; convive con ella, la enriquece y se enriquece. Y nos enriquece a todos. Procuremos saborear esa riqueza. Si podemos leámos el poema en voz alta, aunque sea solo para nosotros. Paladeémoslo.

En el siguiente poema, se trasluce su otra ocupación: la arquitectura. Recordemos...

Nuestro tiempo

Cuando nos dimos cuenta, ya estaba en las ventanas,
como para quedarse. Pero ahora
nada nos ilumina sino esa vaga niebla.
A veces, una luz desgarradora.
El nuestro fue otro tiempo mucho más inocente:
todavía en las obras celebrábamos
cuando, sin accidentes, la estructura
llegaba a lo más alto y se cubrían aguas.
Vivíamos en calles
a las que les sentaba bien un nombre
como el de las Camelias.
Ente las azoteas, cada noche
se encendían las luces
del ático de nuestra juventud.
Entre las voces suaves y lejanas,
alguna vez, se oye un grito de pánico.
Pero una herida
es también un lugar donde vivir.

Os dejo en buenas manos. Hasta otra.

María Jesús Ramos Narro