Volvamos al teatro y... desmontémoslo un poco

ds., 07/10/2023
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Hace tiempo que no elijo un tema teatral. Hoy lo haré de un modo distinto. Con una obra vista que, en este mes, ya no está en los escenarios y con la reflexión que me ha provocado y quiero compartir; así como varias preguntas que me ha suscitado.

Història d’un senglar (o alguna cosa de Ricard), es un monólogo de Gabriel Calderón interpretado por Joan Carreras (Premio Max al mejor actor en 2021 por esta obra) Tal vez en otra temporada lo repongan. Suele pasar con las buenas obras como Cinco horas con Mario, que ha tenido un largo recorrido; por cierto la última vez que lo vi fue por youtube.

La obra nos pone delante a un actor secundario al que se le ha ofrecido representar un gran papel protagonista: Ricardo III de William Shakespeare. El actor trabaja, profundiza, cuenta al público su proceso de aprendizaje e interiorización del personaje. Un personaje al que Shakespeare modeló con rasgos de maldad, egoísmo, ambición, corrupción, soberbia, un hombre criminal y despectivo.

Y el actor va trabajando esos rasgos y vemos que su persona va acogiéndolos, se va convirtiendo en lo que Anna de Neville, otro personaje de la obra, denomina como “jabalí salvaje”. El actor se va mostrando soberbio ante el director, despectivo ante sus compañeros y poseído de una demencial autoestima.

Una interpretación soberbia (en el buen sentido) de Joan Carreras en esta progresiva trasformación del personaje hacia el poder. Algo que en estos tiempos que estamos viviendo, hace pensar.

Y en ese momento de reflexión, me surgieron las preguntas: ¿Realmente fue así Ricardo III? ¿Por qué Shakespeate lo dibujó así? ¿Por qué el imaginario, no solo teatral, ha hecho prevalecer esta imagen como histórica?

Ricardo III fue el último representante de la Casa de York que ocupó el trono de Inglaterra. ¿Os suena la guerra de las Dos Rosas, entre las Casas de York y Lancaster, que durante treinta años lucharon por ocupar el trono, y lo fueron haciendo según iba la lucha? Con él acabó esta guerra.

Y hay datos históricos que lo presentan como un gran estratega, como apoyo del rey su hermano ante las conjuras de la propia familia..., pero se le atribuye, teatralmente, la eliminación de todos los familiares que se interponían entre él y el trono, el más atroz el de sus sobrinos aún niños..., Pero hay datos documentales que presentan a esos niños ya adultos y vivos, años después... De hecho los historiadores, incluidos los británicos, se cuestionan el retrato teatral y tradicional del personaje.

Pero Shakespeare vivió bajo el reinado de Isabel I, de la casa Tudor y aliada de Lancaster y que acabó con la contienda llevando a la dinastía Tudor al trono. Y había que salvar vida y trabajo, en una monarquía absoluta...

En estas circunstancias, el imaginario popular opta por lo más fácil, cuando además es jugosamente morboso.

Pero... la obra de teatro permanece y es una gran obra, aunque no sea rigurosamente histórica.

Esto es ser crítico.

María Jesús Ramos Narro